Una reciente cumbre en Groenlandia –la mayor isla del mundo- puso en evidencia tensiones entre dos potencias (Estados Unidos, Rusia), Canadá, Noruega y Dinamarca. Como observadores asistían Islandia y Gran Bretaña.

La clave de todo es, por ahora, doble. Por una parte, al franco avance ruso reivindicando gran parte de la plataforma epicontinental bajo esas aguas, que alcanza el casquete polar. Por la otra, un estudio según el cual alrededor de 25% de las reservas de hidrocarburos por descubrir está en el ártico.
El dato proviene del Instituto Norteamericano de Investigaciones Geológicas. Por el momento, la convención de la ONU sobre derechos marítimos admite (desde 1994) una faja soberana hasta 370 kilómetros de las costas. Pero hay dos factores conflictivos. Primero, el ártico es un mar cerrado -salvo entre Noruega e Islandia- y las proyecciones de cada país costero se yuxtaponen. Eso explica el litigio rusonoruego en Stockman, al norte de Nueva Tierra.
El segundo aspecto involucra la reforma del derecho marítimo, que se debate globalmente entre ahora y junio de 2009. En otras palabras, será la tercera revisión desde 1982. Hasta ahora, Rusia encabeza el pelotón de reivindicaciones: en 2007, plantó una bandera a 4.000 metros de hondo bajo el casquete.
El gesto compromete alrededor de 1.200.000 km2 de aguas y hielos en teoría internacionales. Pero, aparte, inspiró en Gran Bretaña un gesto aún más desmesurado: solicitar formalmente soberanía sobre un enorme triángulo con vértice en el polo sur y base en el Atlántico sudoccidental. En rigor, hace generaciones que Londres invoca la posesión de Malvinas para reivindicar ese triángulo, que se sobrepone a otros dos, también inválidos debido al tratado antártico de 1960. Pero hoy el “casus belli” central está en la otra punta del planeta.
Info: Mercado Digital
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