
Es por culpa de la crisis financiera, que ha dejado un rastro inclemente en un país acostumbrado a los rigores del océano y las erupciones volcánicas. "Ha sido una catástrofe. Una verdadera tragedia para los islandeses, que hemos pasado pobreza y hambre sin perder el orgullo. Y ahora, porque unos bancos han debido ser nacionalizados por jugar con el capital, nos sentimos denigrados por el resto del mundo".
Lo dice con suavidad, pero sin ocultar su disgusto. Con una serenidad que le permite pedir a continuación disculpas por algo que sus conciudadanos sufren en igual medida que los ahorradores del Reino Unido y Holanda, que depositaron su confianza en Icesave, de Landsbanki. Desconocida para el gran público, esa entidad islandesa se hundió en octubre pasado y ha precisado ayuda del Gobierno para que los afectados recuperen su dinero.
Recostada en una silla frente a una taza de café que apenas roza y unos ricos bombones que prueba con cierta timidez, la antigua presidenta conserva el empuje que convenció a su país hace casi dos décadas de que sería su mejor embajadora. Mientras continúa con su particular campaña regeneradora, el fotógrafo toma las primeras instantáneas. Mirándole apenas, ella dice que "Islandia es abierta y honesta y sentimos empatía por los demás". En esta crisis, ha visto resquebrajarse su trabajo anterior para afianzar la buena imagen del país. "No se trata sólo de mi labor, desde luego, pero hay que empezar de nuevo la reconstrucción. Ha habido avalanchas y pobreza por falta de pesca, pero somos un puente en el Atlántico entre el viejo y el nuevo continente. Seguiremos adelante".
Cuando el fotógrafo le pide su mejor perfil, arregla su maquillaje con mano rápida, se levanta y posa como una profesional a sus 78 años. El café espera, los bombones son algo más afortunados y la antigua guía turística, licenciada en lengua francesa e inglesa y directora de la Compañía de Teatro de Reikiavik, cierra su ciclo identitario. "Hemos mantenido nuestra lengua durante más de mil años e inventado las sagas, un género narrativo comparable a las novelas históricas", dice, para adentrarse en otro de sus terrenos de cabecera: la igualdad de la mujer. Justamente esa labor la llevó a Rotterdam de la mano del Club de Madrid, una organización independiente que promueve la democracia.
"Hay que involucrarlas en la solución de los problemas porque no tienen una actitud agresiva ante la vida. Por eso debemos evitar equívocos respecto a la religión y lo que Dios querría. Con todo respeto, Dios espera la igualdad porque sabe que el hombre y la mujer tienen los mismos derechos". Dicho lo cual, celebra sonriente que su hija adoptiva, de 36 años, tenga de marido "al mejor yerno del mundo".
Info: ISABEL FERRER en El País - Edición impresa 19/11/2008
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